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Qué se conserva y por qué: ochenta almacenes de Bruselas puestos a prueba
Una investigación de la Universidad Libre de Bruselas levantó el inventario de 80 almacenes urbanos del siglo XIX y encontró que solo nueve de los cincuenta que siguen en pie están protegidos. Su conclusión incomoda: se protege por belleza y antigüedad, no por capacidad de volver a servir.
Un almacén no se construye para ser mirado. Se construye para que algo quepa adentro, se mantenga seco y pueda salir rápido. Esa indiferencia hacia lo decorativo es justamente lo que hoy los vuelve interesantes: son edificios donde cada decisión constructiva responde a un problema concreto, y donde se puede leer el problema en el material.
Marianne De Fossé recorrió los archivos de la ciudad de Bruselas y unos 250 permisos de construcción para armar el inventario de 80 almacenes del centro histórico. Unos cincuenta siguen de pie. Nueve están protegidos.
Lo que aparece al ordenarlos no es una tipología sino cuatro, y cada una resuelve un material distinto.
Los almacenes de heno se levantaron junto a los muelles, en muros y pilares de ladrillo portante con vigas, viguetas y entrepisos de madera. La elección no es estética: la madera absorbe humedad, y el heno liviano la agradece. En las fachadas quedan todavía las poleas que subían el forraje a los pisos altos. El de la Quai au Foin, de 1841, es el único que sobrevive, y en su sótano cambia la regla: en vez de bóvedas de ladrillo aparecen pilares esbeltos de piedra azul maciza.
Los almacenes de cerveza son el caso más instructivo para quien hoy remodela. Son dieciséis, de los cuales diez siguen en pie, y todos resuelven el mismo problema: estabilizar la temperatura interior. Fachadas angostas a la calle, plantas profundas, entre tres y cinco pisos, muros gruesos y muy pocas ventanas, además con postigos. Los barriles se apilaban en tres niveles. En catorce de los dieciséis, los entrepisos son bóvedas de ladrillo sobre vigas de hierro y columnas de fundición, con la madera reservada para los pisos altos y la cubierta.
Proteger una fachada y dejar que el interior se resuelva solo no es conservar, es embalsamar.
Los de textiles son otra cosa: mezclaban depósito y venta, así que se parecen más a una nave comercial. Entre ellos están los Magasins Waucquez, de 1906, que diseñó Victor Horta en pleno art nouveau. De ese edificio solo están protegidas la fachada, la cubierta y la escalera.
Y ahí está el punto que vale traer a Medellín.
La investigación sostiene que la protección de estos edificios descansa casi por completo en su valor histórico y estético, y propone revisar los criterios para que favorezcan la reutilización. Dicho de otro modo: proteger una fachada y dejar que el interior se resuelva solo no es conservar, es embalsamar.
El argumento sirve para cualquier ciudad que esté decidiendo qué tumba y qué rehace. Un edificio que no puede volver a servir para nada es un edificio que tarde o temprano se cae, por mucho que esté en una lista. Y al revés: los almacenes de cerveza, con sus muros gruesos y su inercia térmica, son hoy mejores candidatos a vivienda que muchas construcciones nuevas, precisamente por decisiones que se tomaron pensando en barriles.
La pregunta que deja no es qué se conserva, sino para qué.